Adolf Wölfli murió en 1930 sin saber que André Breton consideraría su obra una de las más importantes del siglo XX. Diagnosticado con esquizofrenia paranoide tras ingresar en 1895 en el manicomio de Waldau (Suiza) por agresiones sexuales a menores, Wölfli nunca volvió a salir a la calle. Durante 35 años, desde una celda de apenas siete metros cuadrados, produjo 1.460 dibujos, 1.560 collages y aproximadamente 25.000 páginas de escritos, música inventada y narrativas autobiográficas, según recoge Xataka.
Una biografía fantástica desde la celda
Entre 1908 y 1912, Wölfli completó Von der Wiege bis zum Graab (‘De la cuna a la tumba’), una fantasía autobiográfica de más de 3.000 páginas en la que se transformaba sucesivamente en el niño Doufi, el Caballero Adolf, el Emperador Adolf y, finalmente, San Adolfo II. Cada dibujo incluía notación musical propia en un pentagrama de seis líneas —en lugar de las cinco convencionales— que él mismo interpretaba enrollando una hoja de papel.
Después vinieron los cuadernos geográficos y algebraicos (1912-1916), los de canciones y danzas (1917-1922, unas 7.000 páginas) y los cuadernos-álbum de danzas y marchas (1924-1928). Wölfli llegó incluso a dejar inconclusa una marcha fúnebre al morir. Además, fabricaba obras de pequeño formato, que llamaba «arte del pan», pensadas expresamente para venderlas a médicos y visitantes del hospital.
Walter Morgenthaler y el nacimiento del arte bruto
La obra de Wölfli habría quedado sepultada sin el interés del psiquiatra Walter Morgenthaler, que llegó a Waldau en 1907. A diferencia de sus colegas, Morgenthaler no trató el impulso creativo del interno como un síntoma patológico que debía reprimirse, sino como una producción que merecía ser estudiada. En 1921 publicó Ein Geisteskranker als Künstler (‘Un enfermo mental como artista’), una monografía que sacó a Wölfli del anonimato clínico y convirtió su trabajo en objeto de interés tanto para la psiquiatría como para las vanguardias artísticas.
Jean Dubuffet descubrió la obra de Wölfli en 1945 y lo llamó «el gran Wölfli». Tres años después, Dubuffet y Breton fundaron la Compagnie de l’Art Brut, creando la etiqueta que agruparía a artistas sin formación académica ni intención de exponer en circuitos oficiales. En 1965, en el catálogo de una exposición surrealista en París, Breton describió el conjunto de la obra de Wölfli como una de las tres o cuatro más importantes del siglo.
Del manicomio a Documenta 5 y más allá
El reconocimiento definitivo llegó en 1972, cuando el comisario suizo Harald Szeemann llevó dibujos, escritos y una reconstrucción de la celda de Wölfli a la influyente Documenta 5 de Kassel. Desde entonces se han sucedido exposiciones en todo el mundo, como la de Japón en 2017, que reunió el esfuerzo de tres museos.
Hoy, buena parte de las 25.000 páginas sigue repartida entre archivos, colecciones privadas y catálogos parciales publicados desde los años setenta. La fundación que administra su legado mantiene un inventario abierto y sigue incorporando piezas que reaparecen en subastas o donaciones. Algunos expertos comparan el conjunto de su obra con In the Realms of the Unreal, el manuscrito igualmente desmesurado del estadounidense Henry Darger. Ambos se ganaron sin querer un espacio en la historia: alguien ajeno a ellos decidió, después de su muerte o reclusión, que aquello merecía ser contemplado como arte.
Cada pieza que aparece obliga a reescribir, aunque sea levemente, el mapa de lo que Wölfli llegó a producir en esos siete metros cuadrados. Todo un mundo creado desde el aislamiento más absoluto.
Fuente: Xataka · Esta información ha sido elaborada por la redacción de SoloNoticias con apoyo de herramientas editoriales automatizadas.
